Hubo un tiempo en que no había hombres ni mujeres
porque todo el mundo tenía los dos sexos.

Cada Ser Humano era una persona feliz,
completa y realizada porque en sí mismo lo tenía todo
y su luz brillaba sobre la tierra
como las estrellas en el cielo.

Eran tan dichosos y poderosos
que despertaron la envidia de los Dioses.

Con una espada de fuego cortaron a cada uno en dos,
quedando hombre y mujer las dos mitades.

Los dos se miraban con el dolor de su separación
pero viéndose el uno al otro con su amor se consolaban.

  Eso les daba fuerza porque aunque divididos
juntos tenían un poder mayor. 

Temiendo los Dioses que volviesen a juntarse
por detrás se acercaron para,
torciendo su cabeza,
dirigir su mirada a otra parte
y que no pudiesen ver su
otra mitad que anhelaban. 

Desde entonces buscamos fuera
lo que sólo podemos encontrar dentro

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