La inquietud vital de Roxana, siempre buscando emociones extremas y diferentes, la lleva en toda la novela a las más extraordinarias y fascinantes aventuras. Una de las más plásticas, es su boda en el funeral, del que hay aquí un pequeño extracto

Tras sus últimas palabras estallan los coros, y la música en un soberbio ¡aleluya!
Se abren las puertas del templo, y la luz brillante del día, entra al mismo tiempo que Roxana, toda radiante e inmaculada, como la más pura de las novias. Su vestido blanco, refleja la claridad del mediodía, y a medida que se va internando en el templo, irradia una luz trascendente, que ilumina todas las miradas.
Como avisadas por el mismo instinto, todas las cabezas se han girado al unísono, contemplando fascinadas, la impecable silueta de Roxana, toda radiante con su velo y vestido blancos. Digna y serena, caminando lentamente por el pasillo central, mientras una intensa emoción sobrecoge, a toda la catedral.
Justo cuando está en el centro, un rayo de sol, atravesando vidrieras que narran vidas de vírgenes y santos, la ilumina desde arriba, haciendo que resplandezca de tal manera, que parece nevada de luz.
Es como si todo el templo bendijese su presencia, y la belleza de su gesto. El padre Félix mira atónito, como si estuviese contemplando la manifestación de un milagro, el milagro del amor iluminando el templo. “Es una virgen” dicen sus labios, sin que él se dé cuenta, mientras contempla embelesado, la luz que irradia Roxana.
A medida que avanza entre el largo pasillo, festoneado de trajes grises y negros, de rostros serios y miradas asombradas, las estrellas bordadas en su falda, reflejan con el movimiento, destellos dorados, y las leves transparencias, la perfección de sus muslos.  Hay un instante mágico, en que todas esas mentes tan dispares y tan distantes, tan propias de cada uno de los que contemplan la escena, se unen en una misma visión que los conecta a todos, como si fuesen la misma persona, fascinada por la magia que Roxana irradia.
Cuando llega hasta el féretro de Andrés, junto al altar, y rodeado de flores, se arrodilla ante él en un solemne ritual. Ella sola frente al difunto, rezando, y toda la catedral mirando, con contenido aliento.
Pasa un tiempo sin tiempo, que la música vibrante hace glorioso. Sin que nadie se lo espere, la negra viuda se levanta. Los ojos de los que miran, se abren aún más, porque la vida siempre es infinita, en su capacidad de sorprendernos.
Con su largo y negro velo, como una noche sin luna, toda digna y ufana, camina hacia el féretro ante el que reza Roxana. Hay una expectación intensa. Una tensión tan espesa, que puede cortarse con un cuchillo. Todos temen que pase algo escandaloso, pero al final, todos los corazones suspiran aliviados como uno solo, viendo a las dos mujeres rezar, junto al hombre que ambas aman.
Blanca y negra. Negra y blanca como noche y día, la luz de una vidriera las ilumina, fundiéndolas en un prodigioso portento. El padre Félix se yergue ante un milagro, levantando sus brazos al cielo, porque la música ha terminado.
¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡La estrella del amor está con nosotros!
¡Demos gracias al Padre, y daos un abrazo de hermanos!
Todos en el templo se abrazan, la euforia del Padre Félix los ha contagiado. Muchos lloran de emoción, y después, felicitarán a la viuda por un funeral tan bello y emotivo. Roxana y María, lloran emocionadas, por la ausencia del hombre al que aman, y por la alegría de lo que les ha dado. El padre Félix llora, totalmente conmovido.
A la salida del funeral, Roxana todavía está llorando, y esa humedad luminosa de sus lágrimas, es un dulce fluido que ablanda los corazones de los que están mirando; también el de León, que la abraza emocionado, cuando ella busca la protección de sus fuertes brazos. Sintiéndola tan cerca, transmitiéndole esa calidez tan tierna y sensual, que irradia su cuerpo, León siente contradictorias y turbadoras sensaciones.
Esa mujer, tan sensual y poderosa, siempre le ha excitado, y a la vez atemorizado. Tan desafiante, tan intensa y rompedora, turba su mente prudente y racional desde el principio. Que haya sido la amante de su amigo Andrés, y además su paciente, son claras fronteras que él no se atreve a traspasar, pero que siempre se empalme nada más verla, es algo que lo llena de inquietud.
Ahora la está sintiendo tan frágil y vulnerable, tan cercana que, como si sus lágrimas hubiesen disuelto la sal de sus miedos, siente un intenso deseo de abrazar, estrechar, besar y acariciar ese cuerpo que tanto anhela, de dar su amor y protección a su alma desvalida, pero también se contiene, porque están en la puerta del templo por donde sale el féretro de su amigo, y todos los congregados, más que mirar a Andrés, a ellos los están contemplando.
Contenido y un poco nervioso, León no puede disfrutar plenamente del gozo que siente, reconfortando a la emocionada Roxana, prestarle su hombro sólido para que lo empape con sus lágrimas, sentir el aliento cálido de sus emociones intensas, y ese maravilloso momento de tanta cercanía, de tanta ternura, que despierta en él hermosos sentimientos, y también a su falo poderoso e inquieto, que surge en una erección enorme, como queriendo ver lo que ocurre fuera, del reducido mundo de los calzoncillos.
¡Estoy llena de amor! ¡Qué hermoso! ¡Qué gozo tan grande siento! No lloro de tristeza León. ¡Lloro de felicidad! ¡Nunca! ¡Nunca había sentido esto!

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