Paisajes eróticos de la novela. Las diferentes dimensiones de la sensualidad y el sexo.

 

Lo inesperado transformando lo cotidiano.

 

Una importante entrevista de trabajo, puede ser un nuevo territorio erótico, si la entrevistadora aparece desnuda y provocadora. La lucha entre saber que eso que está sucediendo es tan tentador como real, o algo preparado de antemano para observar sus reacciones, va a crear intensas situaciones tan cómicas como sorprendentes, tan excitantes como turbadoras….

 

Se está empezando a poner nervioso porque para un joven licenciado en filosofía, con diversos masters y varios años en el paro, es una gran oportunidad conseguir ese trabajo al que aspira.  Esa mujer desnuda que ha visto, le ha desconcertado, y no sabe qué hacer. Como no parece haber confusión posible, decide volver a llamar para entrar, justo cuando ella sale a la puerta, mostrando su cuerpo moreno y perfecto, esculpido con la luz del oriente.

Está frente a él mostrando su desnudez espléndida, que sólo vela una minúscula falda roja, falsamente alargada por velos casi transparentes, bordados con lunas y estrellas. José contempla alucinado sus pechos firmes y esbeltos, las aureolas de sus pezones pintadas de un rojo intenso, su boca sensual de grandes labios encarnados, y sus ojos negros como lunas llenas, que lo miran reflejando misteriosos resplandores. No puede creer lo que ve, pero al escuchar su voz tan dulce diciendo “pase don José le estábamos esperando”, él se queda traspuesto. No sabe qué sentir, qué hacer, ni decir.

Venía preparado para una importante entrevista de trabajo, con todas las ilusiones y expectativas de un parado universitario de muy larga duración. No puede independizarse. No puede trabajar. No puede seguir estudiando, ni hacer master alguno porque carece de medios. Es una carga para su familia, en vez de un apoyo. Está cabreado, deprimido, y como tantos jóvenes en su situación, se siente engañado y traicionado por una sociedad, que no le da la oportunidad de ser persona, después de haberle hecho perder los mejores años de su vida, en unos estudios que no le sirven para nada.

Conseguir ese trabajo, no es solo una cuestión de supervivencia, es también el ser o no ser como persona social, y José está dispuesto a todo. Ha llegado a esa entrevista con mucho ánimo, tras superar hace meses unos duros exámenes de selección. Se ha estado preparando a conciencia para esa última prueba, que le dará acceso a un mundo de élites privilegiadas, pero ahora, al ver ese maravilloso cuerpo tan desnudo y tan sensual, todas las sabias instrucciones del psicólogo y sus profesores se han borrado de su mente. Nadie le ha preparado para eso y está desconcertado.

Sus esquemas mentales se han roto y ahora no sabe qué sucederá. Temblando, sigue a la joven, que una vez dentro, le tiende la mano presentándose.

Me llamo Tara y espero ser de utilidad a una persona tan apuesta como tú. Siéntate, por favor. Si me permites, me gustaría tutearte.

José tarda un tiempo en recuperarse de la turbación sentida al tocar aquella mano maravillosa y delicada, que irradia un calor y una sensualidad que le han hecho estremecerse. A pesar del caos y el desconcierto de su mente, hay áreas de su cerebro que tratan de recuperar el control.

Comienza a pensar que es algo preparado, y alguien está mirando la escena tras el gran espejo que hay al fondo del despacho. Ya le han advertido, sobre los métodos tan duros que utilizan algunas empresas para seleccionar al personal, y que muchos aspirantes, salen llorando de las entrevistas.

Durante un rato, que a José le parece eterno, se miran en silencio. Ella calla, observándole con una sonrisa pícara y también inocente. Están los dos sentados en cómodos sillones de cuero negro, que hay frente a la mesa, mirándose sin nada que los separe. Frente a él hay una mujer joven, delgada y morena. Su rostro tiene una expresión tan tierna, que parece la encarnación de la eterna juventud, en un cuerpo maduro y perfecto.

Su pelo, negro como el azabache, y adornado con una orquídea prendida en lo alto, parece un bosque sensual y misterioso lleno de húmedas fragancias. Sus ojos grandes,  oscuros y profundos, miran llenos de misteriosos resplandores; mientras su boca, de labios gruesos y sensuales, se abre en una sonrisa generosa y transparente.

Cuando la mirada de José desciende por las praderas de su piel, siente que entra en el perdido edén. Ahí están las frutas prohibidas de sus senos, dulces y firmes, como dos lustrosas y grandes manzanas, con sus esbeltos pezones surgiendo provocadores sobre sus aureolas pintadas de un rojo fuerte, en señal de madurez. A José se le hace la boca agua, suda y saliva viendo ese busto maravilloso, moviéndose con la simple respiración, tan libre y tan desnudo, delante de él.

Tiene el problema de no saber dónde poner los ojos, porque ella lo está observando detenidamente, sin perderse detalle de sus gestos, reacciones y de lo que él mira; seguramente para tomar buena nota de todo, y no tiene ni idea de qué debe hacerse en una situación así, tan distinta de lo esperado.

Si contempla sus ojos negros, intensos y profundos, se pierde en una noche cálida e infinita desde donde ella le mira tan dentro, que parece contemplar sus pensamientos más íntimos. Busca sosiego observando más abajo, y se encuentra con sus pechos desnudos como frutas dulces que se ofrecen. Por su mente pasan deseos fugaces de querer besarlos, chuparlos, tocar esas tetas tan maravillosas, pero se da cuenta, asustado, que ella puede notar sus pensamientos, y no le parece la actitud adecuada para tener, precisamente, con la entrevistadora.

Sigue buscando un lugar seguro para aposentar su mirada, pero las suaves llanuras de su vientre, los escondidos reflejos que velan su falda de estrellas, y las torneadas piernas por donde la mirada cae y

 

El despertar de los poderes psiquicos de José, le dará una nueva visión del sexo, en sus viajes astrales.

Con solo desearlo, entra en las casas, mira en las habitaciones, y descubre que cada vez que un sitio emite luz desde dentro, con esa intensidad, es que hay una pareja haciendo el amor. José aprende rápidamente a saber permanecer junto a sus cuerpos y contemplarlo todo casi tocándolos, sin que ellos puedan verlo.
Sentir la energía que emanan esas personas que se aman, se acarician, se rozan y encuentran; sentir su excitación, la intensidad de sus aromas, y esa luz que exhalan con sus orgasmos, es para José una experiencia tan nueva como fascinante.
Después de tantos meses de soledad y abstinencia, todos sus deseos contenidos vibran ahora en su cuerpo etérico, excitándose como las aguas de un lago agitadas por el viento, en olas de gozo que le estremecen desde dentro. Todo el poder de su deseo es quien lo está moviendo, y quiere tocar esos cuerpos en medio de su placer. Al principio no sabe hacerlo, porque sus manos astrales traspasan la piel que quieren palpar, como si fuese aire, sin ninguna sensación.
Tras varios intentos, se da cuenta que la única forma de tocarlos no es buscar directamente el tacto de la piel sino el aura de energía que irradian. Es allí donde puede establecer el contacto, y cuando la yema de sus dedos etéricos, siente ese halo de luz que rodea la persona, lo va palpando muy delicadamente, deslizándose a todo lo largo en vez de querer tocar más dentro, y a medida que se extiende el contacto, siente cada vez más nítidamente la intensidad de la caricia, el calor de la piel llena de sangre y placer, el leve rumor de las células estremeciéndose, el gozo que irradia ese cuerpo, sus gritos y sus aromas.
Como si estuviese dentro de ellos, José no solamente los siente y toca, también experimenta las mismas sensaciones de dicha de los amantes que contempla. Siente su calor, su placer, se excita con sus orgasmos y vuela con sus ensoñaciones.
Jugando de cuerpo en cuerpo, a veces experimenta lo que vive el hombre, y otras lo que estremece a la mujer, como si fuese cualquiera de ellos. Estalla con el éxtasis del varón, sintiendo la corriente de energía que sale de él, y dentro de la hembra de abiertas piernas, se expande. Cuando está en el cuerpo de ellas, vive ese llenarse desde tan dentro, y el río impetuoso de vida empapando sus entrañas.
Cada uno de los orgasmos en que estallan los amantes, son para José una sacudida energética que hace vibrar sus partículas cuánticas, llenando la habitación de colores y expandiéndose en el aire, hasta salir al exterior, iluminando la oscuridad de la noche, en destellos intensos y fugaces. Es un espectáculo tan fascinante, que le recuerda unas bellas palabras de Tara.
La luz del amor es lo que ilumina el mundo, y la energía del sexo son sus colores”
José se da cuenta que no todos los amantes irradian lo mismo, ni con idéntica intensidad, y ha comprobado que cuanto más potente es su orgasmo, más brillante es la claridad que esos cuerpos emiten. Ellos no lo saben ni pueden verlo, pero José sí percibe que su piel se queda como iluminada durante un tiempo, como si la luz del gozo viajase por el cuerpo, impregnando con su claridad todas sus células.
Algunos amantes se duermen, encienden cigarrillos, o se levantan para hacer otra cosa, cortando el flujo energético que reciben, pero otros se quedan abrazados, llenándose de dulces y tiernas caricias; entonces ese resplandor que los ilumina, permanece mucho más tiempo. Nota cómo se expande con su respiración, cómo entra dentro de ellos, cómo beben de esa luz todas sus células y sus caras resplandecen; su piel se pone tersa y rejuvenece, creando los dos, un aura luminosa que los envuelve y fusiona, como si fuesen un solo ser.
José ha descubierto el secreto de aquel hombre, lo que en realidad busca y gana de esa mujer. Sus orgasmos cuánticos que lo conmocionan por dentro y le llenan de una increíble energía. Ahora su aura es más luminosa, hay más actividad en su cerebro, y un mayor flujo vibracional entre sus neuronas. Se le nota más potente, con muchas ganas de hacer cosas y comerse el mundo, porque la energía que ha emitido esa mujer, le ha aportado inspiración y vitalidad. De hecho, siente tanto esa inquietud, que tiene ganas de hacer algo y se acerca a la chica morena, para abrazarla por detrás.
Una visión cósmica e impactante del sexo, del orgasmo, de lo que ocurre en el encuentro erótico
El deslizarse por el interior de su cuerpo, tomarla desde dentro y tocar en una única caricia, todos sus rincones y praderas, toda su piel extensa; sentir en un mismo acto la turgencia de sus pechos y la suavidad de su vientre; ver derramarse hilos de luz de sus excitados pezones, y moverse remolinos de colores en la flor de su sexo; es para José una experiencia intensa, y el placer profundo que ella irradia, lo siente como propio.
Su vagina es como una gruta suave y profunda, que rezuma una humedad cálida y permanente, empapando de elixires cada una de sus células. Al entrar tan dentro, José siente el poderoso campo de fuerza que esa mujer irradia a través de su sexo y tomándola, esa energía entra dentro de él, provocando un río de vértigo.
Cuando ella estalla en una cadena de explosiones cósmicas, es como un resplandor iluminando la noche del espacio. Una energía vibrante y poderosa irradian todas sus células. José siente cómo se aceleran y excitan todas las partículas de su ser. Respirando esa energía, siente su poder, cómo llena y expande su cuerpo de luz, cómo todo su ser se agita y conmociona, llenándose del placer que irradia esa mujer.
Respirando profundamente y con viveza, José absorbe la energía que emana ella, expandiendo aún más su gozo. Cuando está totalmente lleno, en una exhalación total, la proyecta a través de su sexo palpitante, que tan dentro de ella está. Roxana siente un poderoso chorro de luz, una corriente potente de energía fosforescente llenarla y hacerla vibrar con una intensidad tal, que todo su cuerpo tiembla, como sacudido por intensos terremotos. Sus células vibran, cantan de gozo, sus neuronas se iluminan en un resplandor que integra y redime todo su ser, su piel irradia un fulgor que la desborda, y su cuerpo iluminado se hace tan ligero, tan liviano y etéreo, que realmente flota levitando, elevándose sobre las sábanas.

Un paseo por la sexualidad más mística y sublime. El erotismo de la naturaleza
La energía del amor es quien, precisamente, derrumba los límites y fronteras que pueda haber entre los amantes, para que puedan ser uno en su abrazo; el amante sentirse amada y la amada, amante. De la misma manera, cuando estás en una relación de amor con la vida, tampoco hay límites ni fronteras que te separen de lo que amas, y lo que José está sintiendo ahora, es la emoción infinita de sentirse parte del paisaje que contempla, parte de la Vida, de la Madre Tierra y su grandeza.
Él es una pincelada más en un cuadro fascinante, igual que el bosque, el río, las montañas del fondo, el águila que vuela, y los ciervos tímidos que pastan en escondidas praderas. Cada uno es un elemento diferente, distinto y único, pero precisamente por estar todos en el mismo lienzo, hay algo que los une y convierte en una misma unidad.
Desde esa dimensión mágica desde la que contempla ahora la realidad, José mira la montaña y es la montaña, ve el águila pasar y es también el águila que vuela, y cuando pasea por lo profundo del bosque, no es alguien que camina por la floresta, sino un ser más de ese mágico ecosistema; es también el bosque por donde camina. José se siente ahora la tierra entera, en total comunión con la esencia de donde surgen todos los seres.
El cuerpo del bosque ha dado cuerpo a José, ahora puede amarla, sentirla, tocarla y entrar dentro de ella a través de sus múltiples seres. Es el arbusto que contempla las gotas brillantes, que el rocío ha dejado prendido en el vello misterioso de su sexo, la mariposa que se posa durante un momento en la flor de sus pezones, y cuando Tara descansa tumbada en la pradera, José es los millones de dedos de la fina hierba que la sostienen, que tocan la desnuda y cálida suavidad de su piel.
Cuando ella se interna en lo más profundo del bosque, la pasión por su cuerpo tan cálido y cercano, se hace tan densa, que todas las plantas rezuman húmedos deseos, que ascienden del suelo como una espesa niebla.
Esa bruma que la envuelve son los brazos, las manos y el cuerpo de José que quiere abrazar a Tara, como una nube blanca rodeando su cuerpo, pero cuando él la toca, los blancos vapores se hacen agua, una fina y continua lluvia empapando la piel de Tara. El cuerpo de José es ahora los millones y millones de gotas que la mojan, sienten, acarician y tocan, llenando cada uno de sus poros, de gozos húmedos y profundos.
El agua que la empapa, llena e inunda, son los dedos de José tocándola. Es su boca entrando en su boca en besos que estremecen. Es su lengua danzando con su lengua en un dulce abrazo. Es el agua que lame sus pechos, se desliza por su vientre, y como un río desbordado, la sagrada gruta inunda.
Llena de intensidad y gozo, Tara baila en el centro del bosque, empapada de la lluvia que acaricia cada poro de su piel. Sintiendo todo su ser lleno de delicias, toca y palpa con ambas manos, las innumerables gotas que llenan sus pechos, las que coronan sus pezones como una diadema de nácar, las que inundan su vientre y se acumulan en su sexo, y al tocar el agua que la cubre, Tara acaricia a José en cada una de sus gotas, en cada una de las partes de su infinito cuerpo, haciendo que él se estremezca de placer.